EN LAS PUERTAS DE TÁNGER novela de Mois Benarroch (fragmento)

Buenas nuevas!
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N. 2 en literatura española en amazonCom. 







3)se publica en francés, alemán, portugués







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En amazon, en mobi (kindle) y en papel
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En las puertas de Tánger (Áncora y Delfín)

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Siempre espero que pase algo, siempre espero algo. Y cuando algo pasa, espero algo más. Treinta años pasé lejos de Tetuán, sin ir allí. Siempre estaba allí, un allí eterno, un allí que no se acaba, una palabra del pasado, una palabra del olvido, una palabra de la memoria. Treinta años huí este viaje. Alberto me contó que es­tuvo allí, dijo que se lo pasó muy bien, que cada mi­nuto fue una maravilla. Pero otros, muchos otros, ha­blaron de la basura, y lo sucio que estaba todo, que toda la ciudad es una porquería, y que está llena de moros, como si nunca hubieran vivido moros allí. Y tal vez no estaban, tal vez no fueron parte de nuestra vida, a pesar de que vivían con nosotros, a nuestro lado, siempre fueron círculos tangentes que no penetra­ban nuestras vidas, eran universos paralelos, que nos aportaban nuestras necesidades, la Fátima que hacía los trabajos de casa, compraba naranjas o pescados. Y nosotros éramos lo mismo para ellos, los que mueven la economía, los que dan trabajo. Nos añoran, pregun­tan por qué nos fuimos, si nos sentíamos mal, y creo que no. No todos se sentían mal, pero algunos sí, co­mo mamá y la abuela; las mujeres se sentían incomo­das en la ciudad, hablaban de Israel como algo obliga­torio, siempre las mujeres, las mujeres son las que decidieron irse a Israel, los hombres, como yo, prefe­rimos algo más conocido, Madrid, París. ¿Quién tuvo razón?, no sé, pero cuando llegué de visita a Israel en 1977 sentí que era demasiado tarde para mí, dema­siado tarde para cambiar mi vida y dejar Madrid, dejar el olor de los calamares, las charlas alrededor de las tapas, era demasiado tarde, dije a mi padre, dije a mi madre, él lo entendió, ella no. Me quería a su lado, él hubiese preferido estar en otro sitio, en Palma de Ma­llorca, donde mi primo quería que fuese a dirigir o a comprar un hotel, o en Canadá.
—Esto no es para nosotros —me dijo mil veces.
—Te entiendo, a lo mejor es para la próxima ge­neración.
—Los nietos, sí, a lo mejor para ellos será mejor, pero veo a tus hermanos, y a tu hermana, y ninguno de ellos se siente de verdad en su casa, a ninguno le va verdaderamente bien, ni tu hermano Isaque, que nunca fue muy convencional, está mejor en Nueva York.
—No creo que hubiéramos estado mejor en Nue­va York, creo que estamos mejor en Madrid, o en Pa­rís, o en Jerusalén, pero Nueva York, ¿no está eso muy lejos? Tal vez no, el sitio más lejano para alguien na­cido en Marruecos es Jerusalén, ¿te lo puedes creer?
—Y esto lo dije en voz alta, sentado al lado de mi querida hermana Silvia.
—¿Qué? —dijo—, ¿qué me puedo creer?
—No sé, no dejo de pensar, no dejo de pensar qué quiere decir todo este viaje, qué sentido tiene, y qué buscamos, un hermano, un hermano del que no sabe­mos nada, a lo mejor buscamos un hermano muerto, a lo mejor ya se murió, la gente se muere joven como tú ya sabes. Treinta años son muchos años.Y en Ma­rruecos, con todas las drogas, vete a saber a cuántos matan.
—Yo también pienso sin parar.
Pedí un whisky a la azafata, una botella entera, vasos y hielo. Invité a todos. A pesar de que J&B no es el güisqui que más me gusta, a todos nos gusta el güis­qui, y era una buena excusa para calmar la tensión.
1974. La familia se dispersó: unos fueron a Jerusa­lén, y yo me quedé en Madrid para acabar los estu­dios de medicina. Después el sueño fue alejándose, la distancia entre nosotros se ensanchó, el lenguaje em­pezó a cambiar, su lenguaje, el mío, el lenguaje de mis hermanos. Hablaban de cosas que no entendía, que no podía entender, que no quería entender, discrimi­nación, racismo, opresión, pero mi madre no quería ni oír hablar de emigrar a otro país, a ningún sitio fuera de Jerusalén, muchas veces propuse que se vinieran a Madrid.
—Aquí os las arreglareis bien, el dinero no es un problema.
Pero pasó un año y después otro, una excusa y otra, los hermanos más pequeños tendrían más pro­blemas en adaptarse a Madrid que si hubiesen llegado directamente de Tetuán.
—Tienen nuevos amigos —decía mi madre—, y hablan hebreo, y eso es lo importante, lo importante es que hablemos hebreo.
Tal vez en eso sí tenga razón, pero muchos amigos no tenían, eso sí que lo sé, siempre lo supe. Muchos de los amigos están aquí en Madrid… no sé por qué sigo pensando en todo esto. Tal vez para escaparme de mí mismo, de la situación en la que estoy, de la muerte de mi padre, del testamento extraño que nos dejó, corro en mis pensamientos, y cada vez vuelvo a este hermano extraño, mi medio hermano. ¿Qué le diré cuando lo encuentre? ¿Qué? Tal vez, simplemente nada. Soy yo el que debe hablar, el hijo mayor, tengo que empezar yo.
—Aquí estás, Yosef, tú, hijo de mi padre, no sabía que mi padre tenía otro hijo, pero él sí se acordó de ti y te nombró en esa herencia, aquí, ves, firma, y reci­birás cien mil dólares, tal vez un poco más, y eso es todo, somos hermanos, muchas gracias, estamos con­tentísimos de haberte encontrado pero no nos vere­mos nunca más. Recibirás un cheque de nuestro abo­gado, dentro de un mes o dos, hasta que arreglemos todos los formularios jurídicos, eso es todo…
Tal vez eso es lo que pase, y tal vez… ¿Qué? Me pondré a llorar, le diré que es el sustituto de Israel, el que nació en medio de la guerra de los seis días y mu­rió en la guerra del Líbano. Fue el único israelí de la familia, amó la tierra y su lengua, el único, y se murió en el Líbano, y ahora, tú, tú, Yosef, tú, Yosef, eres mi hermano, lo entiendes, eres mi hermano, y ya está.
Así pasará todo, o tal vez no, tal vez encontraremos su dirección y le enviaremos una carta, las cartas son más simples, es más fácil, quién soy, tengo cuarenta y siete años, para qué necesito un hermano ahora, tengo ya un hijo, ¿para qué necesito un hermano?
—Eso es lo que todos nos preguntamos —dijo Silvia.
—Y entonces qué, y si buscáramos su dirección y le mandáramos una carta, si está de acuerdo nos en­viará una carta de su abogado, si no, hemos hecho lo que nos pidió en el testamento, ¿no?…
—No has pensado que tal vez papá quería que lo encontrásemos, que lo viéramos. ¿No has pensado en eso?
—Yo no sé lo que él quería. Papá está muerto y no podemos preguntarle nada. O tal vez hablaste con él y te dijo algo sobre todo esto, estaba más cerca de ti que de todos nosotros, y de Ruth, no de mí, no tanto de mí. ¿Habló de esto contigo?
—No. Nunca. Nunca de una forma precisa, pero hay algunas frases que me dijo que tal vez tengan que ver con todo esto, o ahora tienen un significado nue­vo, tal vez, tal vez lo imagino. Hace un año me dijo que si se moría antes que mamá, que nos ocupáramos de ella, e insistió en que no hablaba de dinero, a veces me decía que dejó en Marruecos mucho más que dinero. Tenía frases raras que tal vez ahora toman un sig­nificado diferente.
Llega la comida, Silvia pregunta si la comida es casher y la azafata de Iberia dice que en este vuelo todas las raciones son casher. Hay algo que hacer du­rante el vuelo. La comida en los aviones es más una ocupación que una alimentación. Vienen a llenar las largas horas sentados y sin nada que hacer. Pero los pensamientos no me dejan mientras intento con mis mejores cualidades abrir el paquete con la comida sin dejar caer nada en mi ropa o en la de mi hermana, to­davía queda un poco de güisqui, pero la comida carece de sabor, no son como los almuerzos en Air France a Nueva York, aquí nos llega de Nueva Cork. Isaque, nuestro homeópata, seguro que empezará a discutir conmigo otra vez sobre cómo enveneno a mis pa­cientes, pero la verdad es que cada vez doy menos an­tibióticos a mis enfermos, y menos medicamentos; descubrí que el noventa por ciento de ellos lo que quieren es compartir conmigo sus problemas, más que curarse de sus enfermedades, a ellos tampoco les gustan mucho los medicamentos y más de la mitad de és­tos llegan a la basura: ser médico de familia es bastante agradable, hay más tiempo para hablar con el paciente, y a veces se pueden conocer los problemas de toda una familia, y en muchos casos eso es interesante. Él es el único que viajó a Tetuán desde que nos fuimos de allí, y dijo que el dinero no le es nada urgente, pero quería venir con nosotros, vernos de nuevo en nues­tra ciudad. Y tiene razón, todos estos años nos escapa­mos de la ciudad, todos nos escapamos como si fué­semos la mujer de Lot y si nos atreviésemos a mirar hacia atrás nos convertiríamos en una estatua de sal; de qué teníamos tanto miedo, de Madrid o de París, es sólo un vuelo de un par de horas, podía haber ido un fin de semana, eso es lo que me pedía siempre mi mujer. En aquel entonces, en los días que me amaba, muchas veces me pidió que viajásemos un fin de semana, y mi respuesta siempre fue «qué tengo yo que buscar allí, podemos ir a París, a Nueva York, a Ma­deira, a Sri Lanka, a la India, a Madrás, a Teherán, a cualquier sitio, a cualquier sitio y no a Marruecos». Y no era sólo yo el que respondía así, era la respuesta de mi padre, de mi madre, de todos los hermanos. ¿Qué se nos perdió allí? Todo, digo yo, todo se nos perdió allí.
— ¿Te emociona volver a Tetuán?
—No son las mejores condiciones. No sé, toda la vida he evitado este momento, pero sabía que un día tenía que volver, cerrar un círculo, acabar ese capítulo. No pensé que pasaría así, que volvería a buscar un medio hermano del que no sé nada, no sé si es el mo­mento más adecuado, pero por lo visto lo es, porque estamos viajando hacia allí, Tel Aviv Madrid Málaga, Tel Aviv Madrid Málaga…. El trayecto opuesto al de 1974, yo en esa época ya estaba en Madrid pero leí mil veces en los libros de Alberto sobre esa mañana que se despierta en Restinga y viaja a Ceuta. Como si hubiese estado allí. ¿Cómo lo recuerdas tú?
—Yo estaba contenta. No olvides que fue después del golpe de Estado fracasado de Ofkir, en esa época hubo muchos intentos de matar al rey, y nosotros te­míamos que eso ocurriera porque habría sido muy negativo para nosotros. Fue un alivio. Recuerdo que desperté a Israel y le llevé en mis manos, medio echa­do, al coche; mamá llevaba a Ruth, mientras papá ha­blaba con el chófer, justo cuando el sol se levantaba sobre el mar. Era impresionante. En la frontera está­bamos un poco asustados de que pasara algo, papá so­bornó a un policía, todos dijimos que íbamos de vaca­ciones a Palma de Mallorca, al final llegamos a Palma de Mallorca hace dos años, papá, mamá, mi marido y yo, y también vino Ruth y su marido, lo pasamos bien, lástima que no viniste tú, fueron unas vacaciones fa­bulosas.
De pronto se calló, justo cuando pensaba que iba a darme muchos detalles, frases, recuerdos del viaje fa­miliar, se calló. En su cabeza las cosas están muy cla­ras, la casa, el marido, los tres hijos, estabilidad francesa típica, todo es seguridad, las cremas dan seguridad, Pa­rís, la securité sociale, la casa, los dos coches, el marido y su seguro de vida, los niños que irán a estudiar en una école de buena categoría, todo está bien arreglado, y yo lo que soy es un lío enorme, mi matrimonio es una locura. Nadie sabe nada de eso, nadie sabe lo que me pasa, y tal vez piensan que vivo un gran amor, un gran amor que no tiene fin. Y tal vez piensan que no necesito la herencia, que me basta con el dinero de mi mujer, y de mi trabajo de doctor. ¿Me basta para qué? Para pagar la hipoteca de mi casa en la calle Pedro Tei­xera, el coche grande, el ordenador de la niña, quién sabe para qué es suficiente qué, no es suficiente para crear felicidad, no es suficiente para recrear la sensa­ción de calor de un día de Pascua, cuando volvíamos de la sinagoga y sentíamos el olor de los platos pas­cuales, la casa limpia, las mujeres vestidas con sus me­jores galas, tal vez en ese entonces la vida tenía signi­ficado, tal vez sólo en ese momento, pero qué sé yo lo que pensaban mis padres, sobre qué soñaban, tal vez ellos tampoco sabían de dónde iban a sacar dinero pa­ra llegar a fin de mes, o pensaban que no saldrían de la ciudad a tiempo y matarían al rey y todo se derrum­baría. Para mí, con mis diez años, eso me parecía lo más seguro del mundo, lo más claro, nunca oí a mi madre preocuparse por dinero, como mi mujer, y te­nemos más que lo que tenían ellos en esa época, y te­nemos medicina social y médicos privados, y todos los seguros del mundo, y no nos basta, no estamos contentos, tiene que ir a la peluquería más cara, a las tiendas más caras, no sé a dónde, sólo veo como cada mes pagamos más a las cartas de crédito y no puedo decir nada, es también su dinero.
La casa no es un sitio seguro, no es segura como parecía antes, era el símbolo de la seguridad, como el símbolo de la libertad, el sitio al que siempre se puede volver cuando los cielos se llenan de truenos, más di­nero igual a menos seguridad, más facilidades, más servicios evidentes, agrandan el miedo de perderlos lo mejor me abraza, quiero que mi hermana me abra­ce, ¿por qué no la abrazo yo, por qué no?, simplemente poner mis manos alrededor de ella, segura­mente sonreirá, se pondrá contenta, pero no puedo, no puedo abrazar, no puedo dar amor. Sonrío a mi hermana. ¿Dónde está el amor que amamos cuando éramos niños, los abrazos que nos abrazamos, las dis­cusiones que discutimos, los paseos que paseamos, dónde estamos, por qué estamos tan lejos, Jerusalén, París, Madrid, Nueva York, dispersos en medio globo? Durante quinientos años nuestra familia vivió en el mismo sitio, en dos kilómetros cuadrados, íbamos de casa en casa, pero en el mismo sitio durante quinien­tos años, y ahora estamos a cinco mil kilómetros de distancia, el mundo tal vez se ha hecho más chico, se puede visitar pero estamos lejos, quiero venir a ti a llorar y hablar de mi...

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