NUEVO LIBRO DE POEMAS EN LA EDITORIAL LIBROS DEL AIRE

La editorial Libros del Aire de Madrid publicará mi nuevo libro de poemas

DESPUÉS DE UNA DESPEDIDA VIENE OTRA

La edición Kindle está en preventa en Amazon  viewBook.at/DESPEDIDA 

Os adelanto 5 poemas del libro.



Poeta Menor



Hoy soy un poeta menor
Soy muy menor
El poeta más menor de todos los poetas
Menores y mayores
Hoy soy tan menor que la gente
Me saluda por la calle
Llamándome poeta menor
Me apunta con el índice y dice
Allí va Mois Benarroch EL poeta menor
El poeta más menor de toda la poesía mundial
Tan menor que le han dado el premio Osa Menor
Y el menor premio votado por minoría
Primer premio otorgado por falta de voto

Y además de serlo
Hoy me siento poeta menor
Menor de los menores
El mejor poeta menor que me he sentido
Que me he sentado
Para escribir un poema menor
Menor menos cuarto.



Cirugía Estética


Alguien otro debería decirlo
Porque yo tengo otras cosas que hacer
Y tal vez ya lo han hecho
Pero igual lo digo hoy
La cirugía estética es
Tética
Sí, eso,
Menuda tontería

Pero heme aquí
En esta cafetería
Que comparte hasta el baño
Con una clínica de cirugía estética

De ella salen las mujeres con sus nuevas tetas
O más bien vienen a ver que todo va bien
Que son más bellas y que sus tetas sintéticas
Son las más maravillosas

Y yo las veo, y me gustan pero quiero hacerme el malo
Y preguntar
Y cuánto te costaron
Quiero ser el travieso
Y eso
Que me gusta sentarme aquí
En esta cafetería
En la que por primera vez escribo
Poemas
Poemas y más poemas
Y más poemas
Y más poemas

Sintéticos y contéticos,

Y a veces sale con su tablier el hombre mágico
El hombre del bisturí, el que cambia destinos
Sale de su clínica y bebe un café como todos
Los humanos, y las mujeres lo miran como
Si fuese Dios, es Dios.

Y pienso que nunca tocaré todas esas tetas
Pienso en ella
Mi única
En su pecho
Y es bella.


ALEJÁNDOTE


Dirán que te estás alejando
De los tuyos
Tú dirás
Que son opresores
Como la familia
Después
Se llama pueblo
Después
País
A veces Dios
Pero recuerdo una calle en Barcelona
Con su olor muy especifico
Que huele igual que otra calle
En Tel Aviv
Te recuerda  tu España
La España que sólo existe en tus sueños
Y otros muchos sueños de expulsados
Como tú
Cuanto más te alejas de todo esto
Más te das cuenta
Que
Redondo es el mundo,
Lo único que has hecho
Es acercarte.




Nada fácil


Nada nunca fue nada fácil para nada
Tus ojos marrones reflejándose en la arena
Tus senos bajo sábanas volantes
La cuesta camino a la hípica
Las clases de solfeo y los partidos de fútbol

Soñando en tierras mejores en noches de asma
Tierras que se convirtieron en decepciones
Infancia desaparecida en arenas atlánticas
Cada respiro era un esfuerzo de un niño demasiado viejo

La profesora no tan sensible preguntándote por qué respiras así
Aunque ahora puedo muy bien ver que la molestaba
Y qué iba a decirla, que la señora con toda su edad
Es todavía demasiada joven para comprender
Que este niño de apenas diez años sabe más que ella

De nunca ser joven pocos en este mundo saben
Que nada nunca fue fácil para nada ni lo es
Ni lo es.









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Volvía de Tel Aviv. Un viaje en la línea 480 de los más nor males. Eran las nueve y media de la noche. Me había pasado el día oyendo música en casa de mi amigo Rami que tiene un equipo que vale cincuenta mil dólares o más. Habíamos discutido las cualidades del dvd-audio, un nuevo formato que era lo más análogo que se podía oír en un disco digital. Habíamos oído varias veces el nuevo disco de John Gorka, The Gyspy Life. Nada anormal.
Nadie se sentó a mi lado, me pasé el viaje divagando y soñando sobre el gran éxito que tendrá mi próximo libro. Estaba a dos meses de la publicación de mi entonces última novela, que por fin iba a salir en una editorial de las mejores y no en una de esas pequeñas que desaparecen cuando el dueño se jubila o muere. Una buena editorial con distribución nacional. Pensaba sobre lo aburrida que es la vida del escritor. Es tan aburrida que lo único que nos salva del aburrimiento es inventarnos historias, como los niños pequeños que se inventan amigos imaginarios y les dan nombres para llenar su mundo. Todo me aburre, amigos, músicas, mujeres, la política, discusiones sobre el marxismo, sobre el sionismo, todo me aburre. Bueno, me interesa durante un par de horas al mes, pero no pasa de eso. Después escriben biografías y la gente se cree que la vida de un escritor está llena de aventuras. Bukowski, por dar un ejemplo, se pasó la mayor parte de sus horas sentado solo en bares de mierda, aburriéndose como un lobo. No sé por qué me vino lo del lobo, no sé si los lobos se aburren. Después alguien viene y escribe un libro para demostrar que no se folló a tantas mujeres como describe. Claro, hombre, si hubiese follado a tantas, cuándo coño iba a escribir todos esos poemas y todas las novelas. Pero la gente cree que los libros se escriben solos.
Fui a Tel Aviv porque había acabado de repasar por quinta o sexta vez las galeradas de mi novela, hasta en el último momento encontré una errata, una tilde, horas y días y meses de trabajo pesado y aburrido. Fui a Tel Aviv para descansar de ese trabajo hostil y para ver el mar. No llegué a ver el mar pero sentí su olor y sus olas. Me quedé en la música. Rami trabaja en la agencia Reuters y nunca se sabe si va a tener tiempo o le van a llamar para filmar algún evento urgente o una rueda de prensa de algún político aburrido que quiere dar la nota.
Bueno, pues allí estaba, al final del viaje, y de vuelta a casa, había vuelto a la relación fría y burguesa con mi mujer. Ella, dudando entre quedarse conmigo o divorciarse, y pagando para eso miles de sheqels a su loquera, y yo, como siempre, yéndome y divorciándome pero sin moverme. Estaba otra vez sin trabajo, después de una buena racha de traducciones, meses que no salía nada, empezaba a ahogarme. Aunque esos mismos siete u ocho meses sin trabajar habían sido muy prolíficos y en ellos escribí una novela larga y tres cortas, y pude dar por acabado un libro en el que trabajaba desde hacía años. Todo iba muy bien desde un punto de vista creativo, pero desde un punto de vista económico todo iba a la deriva. Mi mujer me mantenía. No podía divorciarme. O tal vez era lo que más debía hacer.
Y entonces, me levanté de mi asiento, y al levantarme la vi enfrente de mí. Primero el asombro, después los ojos clavados en ella hasta que se dio la vuelta y fue a salir por la puerta delantera, y yo por la trasera.
Claro que estas cosas pasan, no sabemos cómo se trasmiten millones de células genéticas y a mí ya me han dicho unas diez veces que me parezco mucho a alguien que otros conocen, me llaman por nombres que no son míos y hasta una vez una mujer estuvo mirándome sin poder separar su mirada de mí durante diez minutos para después anunciarme que me parecía a un novio suyo que había muerto en un accidente de coche, y yo que empezaba a creer que se enamoraba de mis bonitos ojos…
Era ella, más ella que ella, la misma cara, y al bajar la veía andar hacia el chequeo de seguridad, que más bien se parece al de un aeropuerto que a una estación de buses, era ella y más que ella, pero veinticinco años no habían pasado, no en ella, vestía la misma ropa que ella vestía, las mismas botas con medio bacón, una minifalda que ya no estaba de moda de color rojo, con medias negras, muy negras, una chaqueta de cuero fino negra, y ya hasta podía adivinar qué llevaba dentro.
Esperando mi turno para pasar mi bolso por la máquina que buscaba bombas la perdí de vista, creía que para siempre. Podía muy bien ser pura imaginación de escritor, una idea para escribir una novela o un cuento, aunque los cuentos se me dan mal, necesito más palabras. Debía haber sido así, uno no debe jugar con las coincidencias ni con la imaginación. Y hay cosas más importantes en la vida, como la discriminación contra minorías, la pobreza, la bomba atómica de los iraníes, el extremismo religioso, sobre eso debe uno escribir. Digo yo.
Sí, hay que escribir sobre cosas importantes, pero uno escribe lo que escribe y no lo que debe. Ahora en mi pueblo los radicales la han tomado conmigo, han dicho que no soy bastante de izquierda, ni antisionista, como ellos creen que debo ser, después de haber leído tres o cuatro poemas míos. Y todo por haber dicho en voz alta lo que todos dicen en voz baja, que los sefardíes sufren de una discriminación terrible en Israel por parte de los otros judíos, los europeos, que se creen superiores en los términos más racistas del pensamiento europeo y occidental, y por eso creen que es su deber impedir la producción literaria de marroquíes o sefardíes. Bueno, y qué, lo dije y creí que después podía seguir escribiendo mis boberiítas, los cuentos que me imagino para llenar mi vida y los personajes que creo para escaparme de mi soledad. Pero desde entonces, desde que lo dije, me doy cuenta de que toqué un botón que pone a funcionar toda una película y las preguntas son siempre las mismas, crees que todavía hay discriminación, sí, y más que antes, y peor, y otra vez y otra vez las mismas preguntas. Me tienen harto. Soy escritor, no soy ni de izquierda ni de derecha, ni estoy a favor de ningún partido ni de ningún entero, no soy radical ni de extrema derecha ni de extrema izquierda, yastá, lo he dicho y que se joda el que espera algo otro de mí. ¡Coño!
Sí, vale, ya acabo, no estamos aquí para contar ese lío, sino la historia de esta mujer en el autobús, así que tranquilos, no vamos a cabrearnos ni a pelearnos con nadie, que es una historia de amor, de desamor, de ficción, de realidad, o la realidad que se confunde con la ficción. Porque es que lo peor del caso, lo más insólito, lo más imposible de creer y de escribir, es que esta historia me pasó de verdad, y no como todo lo que he escrito, que la gente cree que es autobiográfico y nunca lo es. Todos se equivocan siempre, cuando hay algo que baso en mi vida creen que es ficción, y cuando es ficción creen que es basado en la realidad. Lo que me ha convencido que lo más difícil de contar es lo que ha pasado de verdad o lo que está basado sobre la verdad.
Al acercarme a la puerta de salida, la puerta de la izquierda, por la que siempre salgo para poder pasar por la librería de revistas, para ver las revistas de música y a veces comprar una de ellas, la vi ojeando unas revistas de moda y de baile.
Tengo que confesar que no soy de los que hablan con extraños, ni hombres ni mujeres, en estaciones de autobuses ni en autobuses. Me gusta mucho fijarme en la gente, ver ojos, ver ojos que miran, que ven y se pierden, y crear de cada mujer o hombre interesante una vida imaginaria y un personaje de ficción, éste nació en enero, sus padres se divorciaron cuando tenía siete años, se ha casado dos veces, no le gusta el pescado, ésta es divorciada con dos hijos y odia a todos los hombres, vive frustrada, a veces los miro de forma descarada y una vez que me fijaba en un hombre el Dizengoff Center en Tel Aviv me dijo ¡Y tú qué miras!, estaba un poco trastornado, pero en el fondo tenía razón, uno no tiene derecho a ir así por las calles y trasformar a cualquier persona en personaje literario. Hay cosas que no se hacen.
Pero en esta ocasión no dudé un solo segundo y me dirigí a ella con la primera pregunta que se me subió a la cabeza. En mi cabeza ahora oía sonidos de William Ackerman, del disco Conferring with the moon, con sus guitarras y flautas. Parecía que salía de los altavoces de la estación aunque sólo vivían en mi cabeza. Cosa que me pasa a menudo. Hace ya mucho tiempo hasta oía sinfonías enteras que nadie ha escrito, las soñaba.
— ¿Hablas francés?
—Oui.
La misma voz. Yo allí parado.
— ¿Vous avez besoin de quelque chose?
Y ahora qué digo. Sigo en hebreo.
—Es que sólo quería saber si hablabas francés. —Pues ya lo sabes, qué pregunta más rara, creí que me ibas a preguntar cómo se llega a algún lado, en este sitio es una pregunta común, qué autobús hay que tomar, cosas así, pero nunca se pregunta así porque así si hablas francés.
— ¿Y te llamas Gabrielle?
Ahora la sorpresa la llevaba ella en la cara.
— ¿Nos conocemos?
—Bueno, no, o sí, tal vez sí. Treinta años, sí.
—Pero yo sólo tengo veinticinco.
—Por eso es sí y no, desde antes de que nacieras, son muchos años… Hola, me llamo…
— ¿Pero cómo sabías mi nombre?
—Es obvio, lo tienes escrito en la frente, y también sé que odias cuando te llaman aquí Gabriela, te pone muy nerviosa.
Ahora me miraba, intentaba acordarse de algo, de si me conocía de algún lado, de si le parecía conocido, dudaba entre irse o quedarse, entre tomarme por un loco o seguir hablando.
—No estoy loco, no es eso, o a lo mejor sí, sí estoy loco, no sé, pero tengo la impresión de saber muchas cosas sobre ti.
—¿Cómo qué, por ejemplo?
Había algo de agresividad en su voz, igual que Gabrielle, bueno, claro, igual que ella misma, era igual a ella misma. Pero sobre todo mostraba curiosidad.
—¿Eres uno de esos maniáticos que persigue a la gente y después se hace el interesante?
Preguntó, no muy convencida. Hasta dudó si debía haber un signo de interrogación en la última frase, tal vez debería ser
—Eres uno de esos maniáticos que persigue a la gente y después se hace el interesante…
Y después sonrió. Una sonrisa traviesa, como la de Gabrielle. Sí, claro, evidente, igual que su misma sonrisa, la misma sonrisa de Gabrielle.
—Sí, eso es exactamente lo que soy, uno de esos maniáticos que persigue a la gente y después se hace el interesante…
Creo que lo mejor sería dejar de repetir esta frase.
Mira que las cosas pueden tener gracia, me envío un email para guardar un back-up de este archivo a mi dirección de g-mail. Según el diccionario back-up se dice en castellano: copia de seguridad de un archivo. En el diccionario de la real academia ni siquiera existe la palabra. Bueno, resulta que me lo envío y al recibirlo de vuelta en mis nuevos e-mails me pregunto si no es otra publicidad de viagra o de una página pornográfica, porque el título es Gabrielle, los nombres de francesas siempre suenan a erotismo y a sexo.
—¿Qué te parece si nos tomamos un café?
Me mira, ojea la revista de moda, me vuelve a mirar.
Esto es de novela, esto lo voy a escribir. La música en mi cabeza se cambia por la canción Moondance de Van Morrison, que ya me parece lo más banal que puede haber, así que cambio de estación y oigo a Jimmy Lafave, cantando Don´t Walk away Renée, una canción que te corta las tripas. Vamos, sí, dime que sí, dime que sí. Seguro que dirá que sí, si esto es lógico, si tiene su lógica narrativa tiene que decir que sí. Se cambia la canción, ahora es Townes Van Zandt, If I needed you, y canta
if I needed you
would you come to me
for to ease my pain






¿Qué me duele? Nada, pero sigue ojeando su revista, o es que está pasando un tiempo paralelo y largo que no tiene que ver con mi pregunta y su respuesta. Un momento en el que pienso muy rápido y veo ideas de horas en segundos. ¿Quién puede creer un cuento así? Todos empezaran a decir que es realismo fantástico o metaficción, que Cortázar o Millás o Auster o Roth, o toda clase de escritores, ¿cómo cuento esto para que convenza? Y a lo mejor debo irme ya y no dejar a la realidad mezclarse con la ficción e inventar todo, entonces, justo en ese momento dice:
—Sí.
Es un sí acogedor, ya lo conozco, pero es tan diferente del de mi mujer de hoy que me parece raro, como si se plantase en un sitio desconocido en mi mente. Es un sí acogedor y conocido, pero a la vez extraño.
—Muy bien, en Aroma, me gusta el café que hacen —dice. —Sí, y te gusta el expreso muy corto y odias el café cortado.
Me vuelve a mirar, sonríe, se ve que la cosa empieza a gustarle, a intrigarle.
Vamos a la cafetería y pedimos en la caja, ella un expreso muy corto.
—Muy muy corto —le dice a la camarera, y después vuelve a precisarlo de nuevo, muy muy corto.
—Yo, un macchiato, pero descafeinado.
—Diecisiete sheqels —nos dice la camarera.
Nos sentamos en la sala interior, sin luz y sin ventanas.
—¿Qué más sabes de mí? —pregunta al sentarse.
—Todo, más o menos, grosso modo. Sé hasta tu futuro. Por ejemplo sabía que ibas a decir que sí. —Miento.
—Sí a qué.
—A tomar un café.
—Sí —miente ella—, yo también sabía que lo sabías y por eso esperé tanto para responderte. Pero, quiero decir, ¿qué más sabes de mi vida?
—¿Y no me vas a decir: Eres uno de esos maniáticos que persigue a la gente y después se hace el interesante…?
—No, no te voy a decir: Eres uno de esos maniáticos que persigue a la gente y después se hace el interesante…
—Deberíamos dejar de repetir esa frase.
—¿Qué frase?
—Eres uno de esos maniáticos que persigue a la gente y después se hace el interesante…
Me mira y la miro, sonríe y sonrío.
—No la digo más —dice.
—No dices más ¿qué?
—No digo más: Eres uno de esos maniáticos que persigue a la gente y después se hace el interesante…
—Bueno, ya está, entonces te digo lo que sé, o algo, no todo de una vez, el futuro puede ser un shock.
Acabo de beber el café, la gente aquí no se sienta por mucho tiempo, toman rápido sus bebidas y salen de la cafetería, no son uno de esos maniáticos que persigue a la gente y después se hacen los interesantes. Algo ha cambiado. Cambio de música. Mary Black, No Frontiers, Heaven knows no frontiers… canción escrita por Jimmy MacCarthy.
—Empecemos. A ver si doy. Viniste a Israel cuando tenías veinte años, el mismo día que los cumpliste, en octubre. Me mira y abre sus ojos azules y enormes, tan enormes que casi deshacen la belleza del color, aunque no es eso lo que pasa, casi la deshacen pero sigue en el límite y sigue con su belleza, un poco Picasso, cada ángulo de su cara crea una rostro diferente, y a la vez siguen cambiando según su estado de ánimo. Ahora veo que está animada, esto le gusta. Me recuerda a cómo me miraba Gabrielle antes de darse cuenta que ser escritor no era sólo algo romántico, era también un problema en la cuenta del banco. Entonces dejó de verme así, y empezó a verme como el marido que no gana bastante dinero. Lo cual, así dicho de paso, es verdad.
—¿Qué día de octubre? —me pregunta.
—El siete.
Ahora toda la música que oigo es de Townes Van Zandt. To live´s to fly. The game is only to loose, eso es lo que me canta en el oído.
—¿Quieres venir a tomar un té y así me cuentas todo? Pregunta inesperada, aunque no debía ser así.
—Sí, claro,
Son las nueve de la noche, tengo que volver a casa, ¿qué hago?
—Pero antes tengo que ir al baño.
Voy al baño, llamo con el móvil a mi mujer y le digo que me quedo a dormir en casa de Rami en Tel Aviv, después le llamo a él y se lo cuento. No me cree.
—Ya te lo explicaré, no es lo que crees, no creo que Gabrielle te llame, pero por si acaso, dile que estaba cansado y me fui a dormir, nada más.
—Vivo por aquí, en Najlaot, así que podemos llegar a casa andando.
Y justo antes de salir de la estación:
—¿Qué haces?
—Soy escritor.
—Qué original.
Sí, ya sé que siempre has salido con artistas, pintores, poetas, fotógrafos, son los que te atraen, pero no digo nada. Tal vez no deba decir demasiado. Y dejarle preguntar un poco.
Hace frío. Noche helada de Jerusalén, finales de otoño, principios de invierno. Salimos hacia el zoco de Mahane Yehuda, y al emprender el camino propongo que compremos una botella de vino en uno de los quioscos en la calle Yaffo un poco más abajo. Damos unos pasos y compro una botella Merlot de Segal. Y algo que picar, dice. Unas patatas fritas. La botella de vino me cuesta cincuenta y seis sheqels, más del doble de lo que me hubiese costado en el supermercado al lado de mi casa. En esas tonterías pienso cuando por fin está pasando algo en mi vida. Las patatas fritas me cuestan siete sheqels, por ese precio podría comprar ocho en el supermercado. En el camino Gabrielle me dice que quiere que un día le lea uno de mis cuentos. No escribo cuentos, novelas, novelas cortas o un poco más largas. Bueno, quedamos una tarde y me lees una corta. La más corta, digo.
Llegamos a su casa por el ministerio del exterior, un conjunto de casetas raras que parecen un campamento del ejército. Su casa está en una de esas callejuelas de Najlaot, detrás del restaurante Imma, que quiere decir madre.
—¿En qué lengua escribes?
—En hebreo. Bueno, hebreo y español. Y un poco en inglés.
—¿Y no en francés?
—No, en francés no, todavía no, aunque en su tiempo escribí algunos poemas en francés, creo que podría si me empeño en eso.
—Bueno, pues tráeme algo en español, porque en hebreo no me voy a enterar.
—No te preocupes, es un hebreo fácil, no escribo muy complicado.
—Prefiero en español, me gusta más la lengua.
Me acordé que la primera vez que salí con Gabrielle le escribí un poema en francés. Eso me costó que no quisiera volver a verme durante seis meses. No sé si el poema era tan malo o era tan bueno. Por más que sea… seis meses…
Me parece muy buena idea esto de leerle una novela corta. Tengo una medio acabada que la puedo meter en este libro y así, puf, ya tengo unas cuantas miles de palabras más. Así no debe pensar un escritor, pero tú qué quieres, llenar un libro o escribirlo. No sé. Lo que siento es una urgencia enorme por escribir y estar preparado para conquistar la literatura española, una vez que mi novela se venda bien, tengo que estar ya preparado con un máximo de novelas para atacar. Pero si esto no es una guerra… ¿Quién habla? ¿Quién me dice eso? Soy yo mismo, el escritor contra sí mismo, el de las boberías contra el serio, el escritor de cuentos contra el que quiere salvar al mundo a través de sus cuentos, ese último que ya no existe. Ahora llegamos a la música de David Munyon, me suenan sus canciones en los oídos. Estamos en su casa. Una casa mal amueblada, un apartamento de estudiantes o de los que no quieren dejar de ser estudiantes. Debería estar en otro sitio, escribiendo otras cosas.
—¿En qué piensas?
—En lo bella que eres.
Sonríe.
—¿Quieres un té?
Nos sirve un té sobre una mesa en el minúsculo salón, alrededor hay dos sillas, o algo entre sillas y sillones, medio rotos, de tiendas de mueble usados, o regalos de amigos.
—Sírvete, ponte cómodo. Me voy a duchar y vuelvo y nos tomamos el té.
Sabía que volvería con una túnica negra sin nada debajo. Lo vi eso en sus ojos en la estación, conocía esos ojos, los conocía y ya casi los había olvidado. No me sorprendió, pero tampoco me lo esperaba. Tal vez esperaba alguna sorpresa.
—Te gustan los hombres.
—¿Y a quién no?
—Bueno, pero a ti un poco más.
Se acerca a mí y me besa. Recuerdo esa necesidad de dominar la situación y no dejarse llevar. La dejo hacer. De pronto me sube a la cabeza la idea de que esto puede ser una especie de adulterio, y si mintió cuando me dijo lo de su aborto, si tuvo una hija en vez de abortar y la dejó en París en casa de su hermana o su tía, o alguien la adoptó, a lo mejor es la hija de mi mujer, debería preguntarlesu apellido, pero no lo hago. Es la misma mano y la misma sensación que nunca ha cambiado, la misma que cuando me toca Gabrielle, ya sea la primera o la segunda, la joven o la adulta, enseguida se me para, como si fuese una orden. Las Gabrielle son una orden a mi polla.
Ahora ella me la toca, sonríe, me gusta, la tienes grande, me besa en la boca pero no un beso profundo, se baja y me la chupa un momento, no muy convencida, no está nerviosa, lo hace con tranquilidad, pero rápidamente se quita parte de la túnica y veo su parte derecha y así media desnuda se sube encima de mí y se menea arriba y abajo, grita Oui oui oui, y después me dice que le gusta mi polla, j´aime ton sexe, o sea, amo tu sexo, mi polla y mi sexo, la forma en la que le hago el amor pero también todo mi sexo, todo el sexo masculino. Después se calla, se levanta y me da la mano para llevarme a otra habitación minúscula en la que yace un colchón duro y se echa encima de él, levantando las manos e invitándome a penetrarla desde arriba, pero yo le doy la vuelta y la pongo sobre sus patas, esto es lo que más te gusta, no lo digo, y la penetro por detrás y allí acabamos los dos a la vez, ella gritando, tráeme el vino, no sé por qué, me tumbo dos segundos y me levanto y vuelvo con la botella de vino y dos vasos, pero nos hace falta un sacacorchos que no sabe donde esta. No importa, pon la botella en la cama, la botella, me tumbo y empiezo a quedarme dormido, no recuerdo muy bien cuándo llegué a quitarme los pantalones y los zapatos, sigo con el jersey, y ella me dice, adiós.
—¿Qué adiós?
—Me parece un poco exagerado dormir juntos la primera noche, y con un hombre casado…
—Nunca dije que estuviera casado.
—No hacía falta.
—Mañana quedamos a las cuatro, y me lees tu cuento.
—Es una novela.
No me queda más remedio, busco los calzoncillos que me regaló mi suegra y no los encuentro. Al final encuentro los pantalones, me los pongo sin calzoncillos y después los calcetines, que también me los regaló mi suegra (en regalos sí que es original), después la chaqueta Paul&Shark que compré en Turquía sin saber que era tan chic y que vale una fortuna, aunque a lo mejor es falsa, y que se puede vestir de color azul marino por un lado y de beige por el otro y salgo a la calle.
Son las doce y media de la noche, nada más, y decido volver a casa. En mi casa no pasa nada, Gabrielle duerme y no aprovechó mi ausencia para ir a ningún amante, amante del que sospecho su existencia desde hace unos meses, o años, o siempre, porque me cuesta creer que una mujer que tuvo tantos amantes antes de casarse se convierta en una santa después de la boda, o tal vez porque simplemente soy un celoso de mierda o porque no veo que nuestro sexo la satisfaga desde hace mucho tiempo. Ya ven, si fuese más literario, aquí debería haber una sorpresa y la llegada del marido y el encuentro de un hombrebajandoporlasescaleras,oelamanteenlacama,pero esas cosas sólo pasan en los libros. Sobre todo en los malos.
A las dos del mediodía me llama Gabrielle Jr., así empiezo a llamarla, y me pregunta si voy a las cuatro y que no me olvide del cuento.
—La novela corta.
—Bueno, lo que sea. Whatever.

—Wha´ever.

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Siempre espero que pase algo, siempre espero algo. Y cuando algo pasa, espero algo más. Treinta años pasé lejos de Tetuán, sin ir allí. Siempre estaba allí, un allí eterno, un allí que no se acaba, una palabra del pasado, una palabra del olvido, una palabra de la memoria. Treinta años huí este viaje. Alberto me contó que es­tuvo allí, dijo que se lo pasó muy bien, que cada mi­nuto fue una maravilla. Pero otros, muchos otros, ha­blaron de la basura, y lo sucio que estaba todo, que toda la ciudad es una porquería, y que está llena de moros, como si nunca hubieran vivido moros allí. Y tal vez no estaban, tal vez no fueron parte de nuestra vida, a pesar de que vivían con nosotros, a nuestro lado, siempre fueron círculos tangentes que no penetra­ban nuestras vidas, eran universos paralelos, que nos aportaban nuestras necesidades, la Fátima que hacía los trabajos de casa, compraba naranjas o pescados. Y nosotros éramos lo mismo para ellos, los que mueven la economía, los que dan trabajo. Nos añoran, pregun­tan por qué nos fuimos, si nos sentíamos mal, y creo que no. No todos se sentían mal, pero algunos sí, co­mo mamá y la abuela; las mujeres se sentían incomo­das en la ciudad, hablaban de Israel como algo obliga­torio, siempre las mujeres, las mujeres son las que decidieron irse a Israel, los hombres, como yo, prefe­rimos algo más conocido, Madrid, París. ¿Quién tuvo razón?, no sé, pero cuando llegué de visita a Israel en 1977 sentí que era demasiado tarde para mí, dema­siado tarde para cambiar mi vida y dejar Madrid, dejar el olor de los calamares, las charlas alrededor de las tapas, era demasiado tarde, dije a mi padre, dije a mi madre, él lo entendió, ella no. Me quería a su lado, él hubiese preferido estar en otro sitio, en Palma de Ma­llorca, donde mi primo quería que fuese a dirigir o a comprar un hotel, o en Canadá.
—Esto no es para nosotros —me dijo mil veces.
—Te entiendo, a lo mejor es para la próxima ge­neración.
—Los nietos, sí, a lo mejor para ellos será mejor, pero veo a tus hermanos, y a tu hermana, y ninguno de ellos se siente de verdad en su casa, a ninguno le va verdaderamente bien, ni tu hermano Isaque, que nunca fue muy convencional, está mejor en Nueva York.
—No creo que hubiéramos estado mejor en Nue­va York, creo que estamos mejor en Madrid, o en Pa­rís, o en Jerusalén, pero Nueva York, ¿no está eso muy lejos? Tal vez no, el sitio más lejano para alguien na­cido en Marruecos es Jerusalén, ¿te lo puedes creer?
—Y esto lo dije en voz alta, sentado al lado de mi querida hermana Silvia.
—¿Qué? —dijo—, ¿qué me puedo creer?
—No sé, no dejo de pensar, no dejo de pensar qué quiere decir todo este viaje, qué sentido tiene, y qué buscamos, un hermano, un hermano del que no sabe­mos nada, a lo mejor buscamos un hermano muerto, a lo mejor ya se murió, la gente se muere joven como tú ya sabes. Treinta años son muchos años.Y en Ma­rruecos, con todas las drogas, vete a saber a cuántos matan.
—Yo también pienso sin parar.
Pedí un whisky a la azafata, una botella entera, vasos y hielo. Invité a todos. A pesar de que J&B no es el güisqui que más me gusta, a todos nos gusta el güis­qui, y era una buena excusa para calmar la tensión.
1974. La familia se dispersó: unos fueron a Jerusa­lén, y yo me quedé en Madrid para acabar los estu­dios de medicina. Después el sueño fue alejándose, la distancia entre nosotros se ensanchó, el lenguaje em­pezó a cambiar, su lenguaje, el mío, el lenguaje de mis hermanos. Hablaban de cosas que no entendía, que no podía entender, que no quería entender, discrimi­nación, racismo, opresión, pero mi madre no quería ni oír hablar de emigrar a otro país, a ningún sitio fuera de Jerusalén, muchas veces propuse que se vinieran a Madrid.
—Aquí os las arreglareis bien, el dinero no es un problema.
Pero pasó un año y después otro, una excusa y otra, los hermanos más pequeños tendrían más pro­blemas en adaptarse a Madrid que si hubiesen llegado directamente de Tetuán.
—Tienen nuevos amigos —decía mi madre—, y hablan hebreo, y eso es lo importante, lo importante es que hablemos hebreo.
Tal vez en eso sí tenga razón, pero muchos amigos no tenían, eso sí que lo sé, siempre lo supe. Muchos de los amigos están aquí en Madrid… no sé por qué sigo pensando en todo esto. Tal vez para escaparme de mí mismo, de la situación en la que estoy, de la muerte de mi padre, del testamento extraño que nos dejó, corro en mis pensamientos, y cada vez vuelvo a este hermano extraño, mi medio hermano. ¿Qué le diré cuando lo encuentre? ¿Qué? Tal vez, simplemente nada. Soy yo el que debe hablar, el hijo mayor, tengo que empezar yo.
—Aquí estás, Yosef, tú, hijo de mi padre, no sabía que mi padre tenía otro hijo, pero él sí se acordó de ti y te nombró en esa herencia, aquí, ves, firma, y reci­birás cien mil dólares, tal vez un poco más, y eso es todo, somos hermanos, muchas gracias, estamos con­tentísimos de haberte encontrado pero no nos vere­mos nunca más. Recibirás un cheque de nuestro abo­gado, dentro de un mes o dos, hasta que arreglemos todos los formularios jurídicos, eso es todo…
Tal vez eso es lo que pase, y tal vez… ¿Qué? Me pondré a llorar, le diré que es el sustituto de Israel, el que nació en medio de la guerra de los seis días y mu­rió en la guerra del Líbano. Fue el único israelí de la familia, amó la tierra y su lengua, el único, y se murió en el Líbano, y ahora, tú, tú, Yosef, tú, Yosef, eres mi hermano, lo entiendes, eres mi hermano, y ya está.
Así pasará todo, o tal vez no, tal vez encontraremos su dirección y le enviaremos una carta, las cartas son más simples, es más fácil, quién soy, tengo cuarenta y siete años, para qué necesito un hermano ahora, tengo ya un hijo, ¿para qué necesito un hermano?
—Eso es lo que todos nos preguntamos —dijo Silvia.
—Y entonces qué, y si buscáramos su dirección y le mandáramos una carta, si está de acuerdo nos en­viará una carta de su abogado, si no, hemos hecho lo que nos pidió en el testamento, ¿no?…
—No has pensado que tal vez papá quería que lo encontrásemos, que lo viéramos. ¿No has pensado en eso?
—Yo no sé lo que él quería. Papá está muerto y no podemos preguntarle nada. O tal vez hablaste con él y te dijo algo sobre todo esto, estaba más cerca de ti que de todos nosotros, y de Ruth, no de mí, no tanto de mí. ¿Habló de esto contigo?
—No. Nunca. Nunca de una forma precisa, pero hay algunas frases que me dijo que tal vez tengan que ver con todo esto, o ahora tienen un significado nue­vo, tal vez, tal vez lo imagino. Hace un año me dijo que si se moría antes que mamá, que nos ocupáramos de ella, e insistió en que no hablaba de dinero, a veces me decía que dejó en Marruecos mucho más que dinero. Tenía frases raras que tal vez ahora toman un sig­nificado diferente.
Llega la comida, Silvia pregunta si la comida es casher y la azafata de Iberia dice que en este vuelo todas las raciones son casher. Hay algo que hacer du­rante el vuelo. La comida en los aviones es más una ocupación que una alimentación. Vienen a llenar las largas horas sentados y sin nada que hacer. Pero los pensamientos no me dejan mientras intento con mis mejores cualidades abrir el paquete con la comida sin dejar caer nada en mi ropa o en la de mi hermana, to­davía queda un poco de güisqui, pero la comida carece de sabor, no son como los almuerzos en Air France a Nueva York, aquí nos llega de Nueva Cork. Isaque, nuestro homeópata, seguro que empezará a discutir conmigo otra vez sobre cómo enveneno a mis pa­cientes, pero la verdad es que cada vez doy menos an­tibióticos a mis enfermos, y menos medicamentos; descubrí que el noventa por ciento de ellos lo que quieren es compartir conmigo sus problemas, más que curarse de sus enfermedades, a ellos tampoco les gustan mucho los medicamentos y más de la mitad de és­tos llegan a la basura: ser médico de familia es bastante agradable, hay más tiempo para hablar con el paciente, y a veces se pueden conocer los problemas de toda una familia, y en muchos casos eso es interesante. Él es el único que viajó a Tetuán desde que nos fuimos de allí, y dijo que el dinero no le es nada urgente, pero quería venir con nosotros, vernos de nuevo en nues­tra ciudad. Y tiene razón, todos estos años nos escapa­mos de la ciudad, todos nos escapamos como si fué­semos la mujer de Lot y si nos atreviésemos a mirar hacia atrás nos convertiríamos en una estatua de sal; de qué teníamos tanto miedo, de Madrid o de París, es sólo un vuelo de un par de horas, podía haber ido un fin de semana, eso es lo que me pedía siempre mi mujer. En aquel entonces, en los días que me amaba, muchas veces me pidió que viajásemos un fin de semana, y mi respuesta siempre fue «qué tengo yo que buscar allí, podemos ir a París, a Nueva York, a Ma­deira, a Sri Lanka, a la India, a Madrás, a Teherán, a cualquier sitio, a cualquier sitio y no a Marruecos». Y no era sólo yo el que respondía así, era la respuesta de mi padre, de mi madre, de todos los hermanos. ¿Qué se nos perdió allí? Todo, digo yo, todo se nos perdió allí.
— ¿Te emociona volver a Tetuán?
—No son las mejores condiciones. No sé, toda la vida he evitado este momento, pero sabía que un día tenía que volver, cerrar un círculo, acabar ese capítulo. No pensé que pasaría así, que volvería a buscar un medio hermano del que no sé nada, no sé si es el mo­mento más adecuado, pero por lo visto lo es, porque estamos viajando hacia allí, Tel Aviv Madrid Málaga, Tel Aviv Madrid Málaga…. El trayecto opuesto al de 1974, yo en esa época ya estaba en Madrid pero leí mil veces en los libros de Alberto sobre esa mañana que se despierta en Restinga y viaja a Ceuta. Como si hubiese estado allí. ¿Cómo lo recuerdas tú?
—Yo estaba contenta. No olvides que fue después del golpe de Estado fracasado de Ofkir, en esa época hubo muchos intentos de matar al rey, y nosotros te­míamos que eso ocurriera porque habría sido muy negativo para nosotros. Fue un alivio. Recuerdo que desperté a Israel y le llevé en mis manos, medio echa­do, al coche; mamá llevaba a Ruth, mientras papá ha­blaba con el chófer, justo cuando el sol se levantaba sobre el mar. Era impresionante. En la frontera está­bamos un poco asustados de que pasara algo, papá so­bornó a un policía, todos dijimos que íbamos de vaca­ciones a Palma de Mallorca, al final llegamos a Palma de Mallorca hace dos años, papá, mamá, mi marido y yo, y también vino Ruth y su marido, lo pasamos bien, lástima que no viniste tú, fueron unas vacaciones fa­bulosas.
De pronto se calló, justo cuando pensaba que iba a darme muchos detalles, frases, recuerdos del viaje fa­miliar, se calló. En su cabeza las cosas están muy cla­ras, la casa, el marido, los tres hijos, estabilidad francesa típica, todo es seguridad, las cremas dan seguridad, Pa­rís, la securité sociale, la casa, los dos coches, el marido y su seguro de vida, los niños que irán a estudiar en una école de buena categoría, todo está bien arreglado, y yo lo que soy es un lío enorme, mi matrimonio es una locura. Nadie sabe nada de eso, nadie sabe lo que me pasa, y tal vez piensan que vivo un gran amor, un gran amor que no tiene fin. Y tal vez piensan que no necesito la herencia, que me basta con el dinero de mi mujer, y de mi trabajo de doctor. ¿Me basta para qué? Para pagar la hipoteca de mi casa en la calle Pedro Tei­xera, el coche grande, el ordenador de la niña, quién sabe para qué es suficiente qué, no es suficiente para crear felicidad, no es suficiente para recrear la sensa­ción de calor de un día de Pascua, cuando volvíamos de la sinagoga y sentíamos el olor de los platos pas­cuales, la casa limpia, las mujeres vestidas con sus me­jores galas, tal vez en ese entonces la vida tenía signi­ficado, tal vez sólo en ese momento, pero qué sé yo lo que pensaban mis padres, sobre qué soñaban, tal vez ellos tampoco sabían de dónde iban a sacar dinero pa­ra llegar a fin de mes, o pensaban que no saldrían de la ciudad a tiempo y matarían al rey y todo se derrum­baría. Para mí, con mis diez años, eso me parecía lo más seguro del mundo, lo más claro, nunca oí a mi madre preocuparse por dinero, como mi mujer, y te­nemos más que lo que tenían ellos en esa época, y te­nemos medicina social y médicos privados, y todos los seguros del mundo, y no nos basta, no estamos contentos, tiene que ir a la peluquería más cara, a las tiendas más caras, no sé a dónde, sólo veo como cada mes pagamos más a las cartas de crédito y no puedo decir nada, es también su dinero.
La casa no es un sitio seguro, no es segura como parecía antes, era el símbolo de la seguridad, como el símbolo de la libertad, el sitio al que siempre se puede volver cuando los cielos se llenan de truenos, más di­nero igual a menos seguridad, más facilidades, más servicios evidentes, agrandan el miedo de perderlos lo mejor me abraza, quiero que mi hermana me abra­ce, ¿por qué no la abrazo yo, por qué no?, simplemente poner mis manos alrededor de ella, segura­mente sonreirá, se pondrá contenta, pero no puedo, no puedo abrazar, no puedo dar amor. Sonrío a mi hermana. ¿Dónde está el amor que amamos cuando éramos niños, los abrazos que nos abrazamos, las dis­cusiones que discutimos, los paseos que paseamos, dónde estamos, por qué estamos tan lejos, Jerusalén, París, Madrid, Nueva York, dispersos en medio globo? Durante quinientos años nuestra familia vivió en el mismo sitio, en dos kilómetros cuadrados, íbamos de casa en casa, pero en el mismo sitio durante quinien­tos años, y ahora estamos a cinco mil kilómetros de distancia, el mundo tal vez se ha hecho más chico, se puede visitar pero estamos lejos, quiero venir a ti a llorar y hablar de mi...



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